Oda a ser tú
(La importancia de preferir en lugar de necesitar)
Prefiero algunas cosas, pero no necesito mucho. Por ejemplo, prefiero tener dinero para pagar la renta, pero no necesito ser rico. Elegir es un acto de libertad, el que manifiesta quién eres, así que cada decisión esculpe a quien la toma, para su beneficio o para su daño. Si piensas antes de decidir, te das cuenta de la importancia de los términos que usamos: preferir y necesitar son dos cosas muy diferentes. Y yo, fuera de lo realmente necesario —las cosas básicas como el alimento, la salud, el calor del hogar y hasta el calor afectivo—, no necesito nada más. Ni tú tampoco; casi puedo asegurarlo. Pero no sólo lo digo en un sentido material, sino también en el emocional. Piensa en cuántas cosas inútiles y cuántas personas tóxicas te rodean. Lo que uno suele buscar no está allá afuera, sino en el interior. Por eso, por más que te llenas de las respuestas equivocadas, sigues vacío. Uno empieza por conocerse, luego aprende a dominarse. No puedes llegar muy lejos si respiras una dosis diaria de veneno. Conviene cuestionarse y hacer un inventario del propio hogar y de la propia vida para extirpar lo que no sirve. Preferir es el filtro. Mientras menos te dejes afectar por los inevitables factores externos, y mientras más te alimentes de lo que habla directamente a tu alma, más cerca estás de tener una mente tranquila y fuerte —eso no lo digo yo, lo dijo un sabio llamado Marco Aurelio hace dos milenios—. Es difícil manipular a quien realmente se conoce, porque sabe quién es, lo que prefiere y lo que no necesita —eso sí lo digo yo—. Esta es una sencilla oda —inspirada en los genios en cuyos hombros me levanto— a las decisiones que nos hacen ser nosotros mismos:
Prefiero el dolor de una verdad al espejismo de un engaño.
Prefiero los gatos a la gente.
Prefiero las películas a las fiestas.
Prefiero los árboles a los coches.
Prefiero Hopper a Pollock.
Prefiero tener una libreta y una pluma a la mano, sólo por si acaso.
Prefiero cantar la segunda voz en una armonía.
Prefiero las excepciones y las singularidades.
Prefiero mi propia compañía.
Prefiero el sonido de los grillos a las risas grabadas.
Prefiero el cielo azul cobalto, justo el momento en que el día y la noche caen de canto.
Prefiero el rojo de mis dedos traslúcidos contra la luz intensa.
Prefiero reproducir mentalmente las escenas bellas a cámara lenta.
Prefiero quedarme a leer.
Prefiero el té al tequila.
Prefiero caminar, gracias.
Prefiero cantar cuando me baño.
Prefiero lo auténtico, aunque no sea “bonito”, sólo porque es real.
Prefiero ver mi reflejo en mis plantas que en el espejo.
Prefiero el silencio al ruido y la sencillez al ego.
Prefiero un dibujo a una pantalla.
Prefiero escuchar y observar.
Prefiero ser el detective y no el sospechoso, mucho menos la víctima.
Prefiero el desdén por la autoridad hueca y la estupidez pública a la falsedad.
Prefiero jugar y brincar sobre los charcos de veneno a salpicarme.
Prefiero colocar señales en lugar de caer en abismos cubiertos de lluvia.
Prefiero los ceros flotando como burbujas, los seises y los nueves enroscados como galaxias y los ochos acostados que se vuelven infinitos.
Prefiero atrapar estrellas entre los dedos y reordenarlas.
Prefiero bucear hacia el sol a través del océano naranja de mis párpados.
Prefiero el amarillo de Van Gogh.
Prefiero todos los verdes de las hojas bajo el sol.
Prefiero el violeta en los arcoíris.
Prefiero imaginar cuánta gente ha mirado la luna —cuántos de mis héroes—, mientras la admiro, y sonreír.
Prefiero decir algo bueno, algo cierto o algo útil.
Prefiero ignorar el ataque de los idiotas a ser uno de ellos.
Prefiero flotar a caer.
Prefiero mirar hacia arriba.
Prefiero poner atención y estar presente.
Prefiero hablar de otra cosa y luego irme temprano.
Prefiero que mi estado emocional y mi mérito personal provengan de mí mismo.
Prefiero pensar en las dimensiones del cosmos a preocuparme por trivialidades.
Prefiero acudir a Wislawa y Dostoyevsky cuando me siento mal.
Prefiero sentir gratitud y alejarme de los iracundos y de los quejosos.
Prefiero pensar en el número pi y contar mentalmente las espirales de Fibonacci cuando me siento incómodo o aburrido.
Prefiero lo geek a lo cool.
Prefiero lo raro a lo común.
Prefiero la claridad porque la vida es demasiado corta para andar a tientas.
Prefiero el cine clásico a las superproducciones vacías —con las que, además, podrías alimentar a un país o detener una guerra.
Prefiero conversar con mis multitudes internas cuando me contradigo.
Prefiero imaginar el vacío de los átomos cuando me siento en una silla.
Prefiero las palabras transparentes, honestas y claras, porque la cobardía no puede esconderse detrás de ellas.
Prefiero a quien tiene algo que decir a quien tiene que decir algo.
Prefiero la verdad y la belleza, sobre todo cuando parecen escondidas y yo las descubro.
Prefiero mantener los ojos cerrados al despertar para atrapar mi sueño bajo los párpados.
Prefiero la imaginación.
Prefiero a mis papás.
Prefiero estar bien aun en los “malos” días.
Prefiero portar la franqueza y la paz como estandartes de rebeldía y entereza.
Prefiero mantenerme alejado de quienes juzgan y engañan, cuya peste es de gran alcance.
Prefiero dejar de jugar las reglas de los sistemas obsoletos.
Prefiero pensar, antes de involucrarme en una discusión, que una abeja no malgasta su energía tratando de convencer a una mosca de que la miel es mejor que la basura.
Prefiero respetar a quien se gana el respeto y encrespar al resto, que suelen ser holgazanes, abusivos y farsantes, un patrón recurrente de personalidades al que suelo irritar y a quienes clasifico en mi Estudio Mental —junto con el cinismo, la altanería, la frivolidad, el desorden, la credulidad, el egoísmo, la envidia, la falta de autenticidad y cualquier delirio de rango— en un expediente titulado: “Casos de mentes débiles”.
Prefiero caminar por el filo de mi propio código y sostener mi rumbo con la brújula de la congruencia, para que al final, por difícil que haya sido el trayecto, pueda sonreír en paz.
Prefiero que me fundan en una bola de fuego a que me guarden en la tierra, porque prefiero regresar a las estrellas a quedarme en la Tierra.
Prefiero recordar lo afortunado que soy porque puedo hacer lo que amo y aquí estoy.
Prefiero asumir la responsabilidad de ser libre.
Prefiero tener presente la posibilidad de que la existencia no tenga su propio sentido, sino que yo lo proveo.
Prefiero pensar que es la maravilla por descubrir y el entusiasmo por crear lo que me mantiene caminando, dada la condición del terreno de mi alma, las cordilleras de desconsuelo que emergen de mi corazón y la risa que continúa derramándose entre las grietas del dolor.
Prefiero creer que si fui capaz de aliviar un dolor ajeno, devolverle a alguien su sonrisa o evitar que una mente se agriara, entonces no habré vivido en vano —para los demás.
Prefiero algo útil o alguien cortés, pero no los necesito.
Prefiero no tener lo que no necesito, lo cual es una enorme fortuna.
Prefiero la mente tranquila y fuerte.
Prefiero muchas cosas que no he mencionado aquí a muchas otras que también he dejado sin decir, porque prefiero guardarlas en este espacio de silencio y respeto.
(Espacio)
Prefiero pensar que un buen escrito es como un trago de agua fresca después de un día muy duro, como una cascada cuando escapas del desierto, una chimenea ardiente en pleno invierno o un abrazo cuando tu corazón está roto; como algo que te permite caminar entre el fuego, escapar de la ruina, dispararle a los malos y salir volando, derretir el metal y beberlo como un chocolate, sacudirte del hombro el polvo de lo ordinario y mirar al horizonte, estrechar la mano de un genio y reírte del diablo, cruzar agujeros negros y salir invicto a una nueva realidad, empastar tu dolor y colocarlo entre tus libros favoritos.
Prefiero haber nacido muerto que perder el sentido del humor.
Prefiero hacer todo lo que genuinamente quiero, como escribir estas letras con la tinta roja que circula desde mi mente descarnada; e incluso saber el momento en que mi escrito prefiere alojarse en tu mente justo después de parar.






